¿Es la felicidad el fin de la vida?

¿Es la felicidad el fin de la vida?

Alexander Criollo

La felicidad es una ilusión aparentemente necesaria o útil. ¿Pero acaso esto la sitúa como el fin último de la existencia? El siguiente ensayo intentará cuestionar tal dogma contemporáneo. La felicidad, como concepto, se ha repetido y romantizado al punto de ubicarla como el bien máximo, indicador y parámetro por excelencia al cual hemos de someter o guiar la vida.  Haciendo referencia a muchas de las implicaciones que ésta tiene: ya que está normalizado y bien visto el que nuestras metas, ambiciones, sueños, acciones, sacrificios, frustraciones y casi todo aspecto de nuestra vida, direccione su sentido y motor principal en la búsqueda de la felicidad. Nuestra voluntad ha de someterse a tal concepto. Cuya penetrancia y alcance en la psique colectiva se puede verificar sencillamente en la introspección; pero de no ser suficiente ésta, se la puede corroborar igualmente en la declaración de independencia del país más influyente de la actualidad. Los padres fundadores de Estados Unidos establecen que es un derecho inalienable del ser humano el que éste tenga la libertad de buscar su felicidad. Concepto, no muy claro, pero que se ha repetido una inmensurable cantidad de veces, en las distintas formas de arte (literatura, cine, música, entre otras), discursos políticos, ideologías, marketing empresarial y narrativas colectivas; hasta el punto de definir la ética y moral occidental moderna. Es indudable la trascendencia de este ambiguo concepto, remontando su origen hasta Aristóteles. Aunque claro, la definición del filósofo es muy diferente a la que uno podría abstraer en la actualidad. Por lo que, como se dijo en un principio este ensayo pretende demostrar los distintos elementos de su naturaleza, así como las bases de las posibles causas que convierten a la felicidad como una ilusión que hemos desarrollado y necesitado.

Con el fin de construir dichas bases argumentales, se ha de partir reconociendo ciertas características y hechos de nuestra especie (lo más objetiva y holísticamente posible). Adicionalmente, se obviará, por un momento, la necesidad de definir la felicidad. De hecho, se invita al lector a que tenga presente la definición o concepto que éste maneje; ya que, al ser una ilusión como se pretende plantear, es irrelevante la diversidad y/o subjetividad de dicho concepto. Para empezar, es necesario aclarar que la vida, tal como la percibimos, no tiene un fin, sentido o propósito per se. La pregunta de si lo tiene, es una paradoja en sí misma. Tiene ciertos patrones, de los cuales Darwin, junto con otro contemporáneo, fueron capaces de descubrir unos cuantos en su teoría de la evolución. La cual hemos ido desarrollando y puliendo hasta nuestros días. De donde se puede concluir que la vida, de tener un propósito o sentido, ésta busca el preservarse en la medida en que pueda reproducirse. Puede esto parecer reduccionista o nihilista, pero se ha de tomar en cuenta todas las formas de vida que se han podido descubrir y el patrón que éstas comparten. No toda la existencia tiene que estar regida por nuestra lógica antropocentrista, por lo que no necesariamente deber tener un fin elevado o concebible. La complejidad de la vida que podemos ser testigos no es más que un resultado probabilístico a base de cambios espontáneos y aleatorios (mutaciones o reacciones químicas eficientes). Es un rudimentario sistema de prueba y error teniendo como juez la existencia misma con un ambiente competitivo. El que la vida, la complejidad e inteligencia existan, es más verosímil que se dé por el principio de Murphy[1], y no por un diseño inteligente omnipotente. En otras palabras, la vida encuentra camino en la existencia mediante la casualidad y no una causalidad. Nuevamente, esta conclusión puede parecer reduccionista; pero tal como se irá demostrando, nuestra cosmovisión e interpretación de la realidad no deja de ser eso, una interpretación sujeta a un sistema de significados, valores, hormonas, intereses, un conflicto consciente e inconsciente, instintos evolutivos y culturales. Por lo que, al intentar quitar esos elementos del análisis, se evidencia la nada cósmica y un evidente sin sentido (causado por nuestra limitada y sesgada comprensión e información). Es por esa razón que se necesita realizar un esfuerzo sobre humano para intentar rasgar la realidad sin nuestros sesgos, ante lo cual, se considera que la mejor manera de hacerlo es mediante un análisis de lo que se cree que son hechos. Como el hecho de que somos animales sociales (políticos) que han desarrollado una particular consciencia. Se piensa que Dios creó el mundo y a los humanos a su imagen y semejanza, ¿pero no es acaso esta idea un símil con lo que han hecho los humanos con su entorno? ¿No encontramos este patrón de comportamiento en ideas donde hace siglos se pensaba que la tierra era el centro del universo, colocando al Homo sapiens en la cima del mundo con el derecho de hacer lo que a éste la plazca? En la inimaginable bastedad del cosmos, nuestra consciencia es tan frágil que necesita de un ente creador para calmar así la angustia existencial causada por el vértigo cósmico al considerar nuestro lugar, tamaño y tiempo en el universo, donde el término insignificante se quedaría muy corto. Demostrar la veracidad de esta conclusión es sencilla al tener en cuenta la escala cósmica, tanto en envergadura como en cantidad de estrellas y galaxias. Asimismo, los minúsculos más de 200 000 años que tiene homo sapiens en comparación con los 14 mil millones de años del universo observable. Creer que esto sigue un fin premeditado o superior, no sería la primera ni la última vez que atribuimos una explicación humanamente concebible y aceptable un fenómeno ininteligible. ¿En serio nos parece verosímil el que seamos capaces de comprender la realidad con todas sus capas e implicaciones? El contraargumento teísta podría refutar que: el que no seamos capaces de comprender nuestra creación, no implica la inexistencia de un creador. Es decir, la falta de evidencia no es evidencia de ausencia. De ser ese el caso entonces tampoco habría razón para creer que dicho propósito sea necesariamente concebible para el humano, siendo la felicidad en este caso. El simple hecho de no ser conscientes de algo tan presente como el tiempo demuestra el anterior punto; ya nos demostró Einstein hace más un siglo, lo equivocados que estábamos sobre tal concepto en su teoría de la relatividad especial general. El humano es un animal sobresaliente al encontrar patrones en su medio, se vuelve ésta una gran herramienta y ventaja evolutiva en su supervivencia. Y aquello a lo que se escapa de nuestra lógica basada en patrones, información o comprensión le atribuimos una causa sobre humana. No conocíamos el origen y naturaleza de la luna e inventamos deidades. No conocíamos de campos electromagnéticos y atribuimos los rayos a la manifestación de la ira de un dios. ¿Sería posible el que se vea reflejada nuevamente esta conducta o hábito al pensar en un diseño inteligente o entidad creadora? No es incoherente el pensar que nos encontramos ante un universo indiferente. No sería yo la primera persona en concebir esto, ya lo reconocieron científicos y filósofos como Stephen Hawking y Albert Camus, respectivamente, por mencionar algunos, junto con una corriente llamada filosófica nihilismo y existencialismo décadas atrás.

Lo anteriormente expuesto se podría refutar al decir que todavía nos queda mucho por descubrir, cosa que quizá termine de una vez por todas dicho debate sobre la existencia. Sin embargo, la necesidad por argumentar que no existe un evidente y universal propósito intrínseco a la vida (o que no sea inteligible a nuestra consciencia) yace en que, al comprender eso, se genera dentro del ser un vacío existencial. Ante lo cual, para tranquilizar nuestra consciencia y volver a la vida llevadera, se ha de rellenar y arreglar dicho vacío al construir un propósito para así calmar y sustituir la angustia por voluntad. Como se ha argumentado previamente, el que no exista un sentido (o que no seamos capaces de acceder a este por limitaciones biológicas), conlleva a que nuestra consciencia tenga la necesidad de tener uno. Debido a esto, se entiende mejor el hecho de que, entre antropólogos y psicólogos, suele ser un consenso general el que los humanos, al ser animales conscientes y sociales, nos regimos mediante narrativas. Esta, de hecho, es la piedra angular del ensayo. Si se piensa detenidamente, se puede comprender cómo nuestra esencia está impulsada por esta característica. La cultura es una amalgama o crisol de tradiciones, ideas, valores, rituales, cosmovisiones y constantes contradicciones: una colectividad de individuos juntos que pueden cooperar por y mediante narrativas e ideas. La supervivencia, y eventualmente dominio, de un medio hostil gracias a que Homo sapiens es capaz de confiar y organizarse junto a otros individuos con un determinado fin. De esta manera, narrativas e ideas sustentan y direccionan a civilizaciones y culturas, desde las ciudades más grandes y desarrolladas, hasta las tribus más pequeñas y “salvajes”. Por más tangibles y reales que puedan parecer dichas narrativas, ha sido el trabajo del último siglo el ir deconstruyendo muchos de los conceptos que damos por verdaderos, para eventualmente reconocer que son construcciones sociales, o ilusiones en otras palabras. Harari, un reconocido historiador, distinguió lo mismo: somos seres que nos guiamos, basamos y vivimos a través de historias. Son mediante éstas que se construye nuestra red social y cooperativa. Fue lo que permitió la supervivencia y dominancia de nuestra especie. Aunque, es necesario adicionar que no es lo único que se ha de tomar en cuenta. Nuestro precedente biológico y evolutivo tampoco se debe prescindir. Por lo que es necesario el mencionar lo que Harari denominó psicología evolutiva: “Una necesidad modelada en la naturaleza continúa sintiéndose subjetivamente, incluso si ya no es necesaria para la supervivencia o reproducción”. La biología nos modeló y enseñó a ser sociales, para lo cual, la confianza en otros es clave. Confianza que halla su camino, permanencia y potencia, si varios de estos individuos comparten similitudes como una misma narrativa, ideología, tradiciones, moral o cultura. Es dicha confianza basada en historias y narrativas lo que hace posible que seamos capaces de sacrificar nuestro tiempo y salud a cambio de un pedazo de papel verde que más de otro percibe un valor en él. Renunciamos a nuestra identidad a cambio de escalar en una arbitraria e ilusoria jerarquía social, porque sabemos que otros iguales o diferentes a nosotros creen ciegamente en dicha jerarquía. Harari en una historia lo ilustró al plantear al dueño de una plantación y que éste reconozca: “esperemos que mis esclavos sigan creyendo en la existencia de Dios y de un infierno, no vaya a ser que me asesinen mientras duermo”. Es ante tal abstracción e ilusión que sorprende el que, a través de los milenios, han existido tantos y enormemente diversos sistemas sociales; pero creemos que el nuestro es el correcto. Creemos que nuestro Dios es el único, nuestra moral y sistema de valores son los más humanos y elevados. Nuestro color de piel o acento son los mejores y más hermosos. Cabría pensar que, en esto, nuevamente se ve la necesidad humana por verse reflejada y moldear su entorno a su voluntad. No obstante, ¿se puede decir que realmente traicionamos nuestra identidad? O acaso ¿no está nuestra identidad, personalidad y ser, constituida mediante una base biológica moldeada por millones de años de evolución, una cultura, y los numerosos y distintas experiencias que pueden acontecer en el transcurso de una vida? En este apartado social supo ilustrar Sartre: “Somos lo que la sociedad hizo de nosotros”. De no ser suficientemente concretos los argumentos, se invita al lector a considerar y reflexionar sobre la historia de las civilizaciones, diversidad y similitudes de religiones, la metodología de dictaduras y cultos, la implícita manipulación de discursos políticos, el origen del dinero, las semejanzas en los comportamientos sociales entre humanos y otros primates o la profunda relación simbiótica que ha tenido el imperialismo, la ciencia y la industria al catapultar nuestra especie en lo que hoy conocemos. Asimismo, existen patrones y semejanzas apreciables en creencias de enorme relevancia como la religión judeocristiana y el platonismo. Como también, la enorme influencia que ha tenido Aristóteles en nuestro marco ideológico y moral. Así pues, se podría decir que la difusa idea que se tiene en la actualidad de felicidad encontró su origen en el concepto que el griego estableció hace más de 2000 años. No obstante, es necesario aclarar que fue él quien colocó a la felicidad como el bien supremo que existe y podemos aspirar en la vida. Sin embargo, su visión de lo que definió como felicidad es más bien un “buen vivir”, un estilo de vida que tiene como norte ético y moral el de la virtud; lograda a través de encontrar el término medio adecuado y relativo a nosotros. No es necesario entrar en más detalles y esclarecer el concepto para constatar el que su forma de ver la felicidad (la primera) difiere mucho de la nuestra. Pero ¿quiere esto decir que somos mejores o peores que Aristóteles? Más bien sería adecuado reconocerse como diferente, debido al sistema de valores y culturales en el que nos encontramos. Sin mencionar los datos que hoy se conocen acerca de nuestro origen, naturaleza y la del universo. De igual manera, se considera necesario el tener en cuenta la diversidad y heterogeneidad que existen en las recomendaciones sobre cómo alcanzar un bienestar o felicidad. ¿Podríamos decir que nuestra manera de conseguir un bienestar duradero (felicidad) es mejor que la de los budistas? De acuerdo con el budismo, se piensa que no tiene sentido el buscar algo como la felicidad; sino, tiene mucha más importancia un concepto como la paz, trascendencia o nirvana. Donde la clave para alcanzar esta trascendencia, el individuo ha de liberarse de sus deseos, y el dolor que éstos generan; con el fin de ser más consciente de sí mismo y del medio que lo rodea. Ya que, en dicha ideología, la armonía y conexión con la naturaleza posee un mayor valor que el de una individualidad egoísta y hedonista. Ante lo cual, una persona podría contraargumentar diciendo que se hace alusión a lo mismo, el buen vivir. Es una cuestión de palabras, y no de tener mayor o menor razón respecto el tema. Para éste, la felicidad se alcanza justamente al encontrarse en paz, consiguiendo prosperidad y bienestar tanto para él o ella, como para su familia y medio que lo rodea. Pero ¿no es acaso dicho concepto una combinación y producto de muchas otras culturas e ideologías? El hecho de que, nuestra concepción (en constante evolución) de lo que creemos que nos dará la felicidad, se encuentre sujeta una determinada cultura, pero, sobre todo, narrativa, demuestra lo ilusoria que ésta puede ser. Evidentemente, no la percibimos de esta manera, ya que la cultura, y nuestra vida misma, se sustenta en dicha ilusión. El humano no ha evolucionado a la par de un universal sistema judicial que reconoce el valor de la individualidad. Homo sapiens no tiene codificado en su genoma la biblia, el Corán o “La riqueza de las naciones” (el credo capitalista). Hammurabi no plasmó en su código moral las falacias meritocráticas de “Padre rico, padre Pobre”. Existe una gran confianza en la idea de que, si un individuo le limpia los desechos a una persona ajena a su círculo social, que no sea de su agrado y completamente diferente a él, esto me permitirá el conseguir los recursos para alimentarme a su familia y a él. Confianza en la idea de que un pedazo de papel verde está respaldado por un valor similar, tanto para mí, como para otra persona la cual no haya visto en mi vida, pero podemos llegar a un acuerdo. El hecho de que una ilusión sea tan necesaria y beneficiosa no está en contradicción con lo que es: un supuesto colectivo y abstracto. La ilusión o narrativa adquirió un valor tangible tan enorme que se nos llega a olvidar lo que empezó siendo. Aun así, no es coherente el despreciarla, pues gracias a esta es que la civilización ha sido capaz de llegar hasta los astros, junto con muchas otras proezas más. Pero, también se ha llegado al extremo de aniquilar un gran número de personas, genocidios, polarización, discriminación, desprecio, actos totalmente aberrantes en pos de una ideología o narrativa. En todo tipo de situaciones, ha sido de gran ayuda como una herramienta de manipulación, usada por dictaduras, cultos, empresas, instituciones, familiares inclusive. Es evidente que termina siendo una cuestión de perspectivas y subjetividad. Lo que se puede evidenciar en que, hoy nos sentimos asqueados ante la misoginia de los griegos, al no considerar a las mujeres como humanos igual de valiosos que los hombres. Pero, asimismo, ellos probablemente se sentirían enormemente decepcionados al ver que, tras miles de años, se piensa que se conseguirá el fin máximo de la vida al llevar una actitud, moral y hábitos hedonistas y egoístas. De igual manera, el culto al ego característico de la modernidad horrorizaría a los budistas. Cualquier juicio de superioridad cultural sería irracional, pues se lo hace dentro de un marco cultural sesgado. Sería como ver al cerebro eligiéndose a sí mismo como el órgano favorito.

Por otro lado, con el fin de comprender mejor el alcance que tienen las ideas, creencias o narrativas, es menester mencionar el efecto placebo, y su contraparte, el nocebo. Pese a que dichos conceptos sean comunes en el campo de la medicina, su alcance es inimaginable. Pues, consiste en que, si creemos lo suficientemente fuerte en una determinada idea, ésta tendrá el efecto concebible. Es decir, si se ingiere una sustancia que se cree que es un medicamente o es beneficiosa, es probable que el impacto que tendrá en la salud será positivo. Algo similar pero contrario ocurre con el efecto nocebo: si se cree que lo ingerido será perjudicial para la salud, es probable que así sea. Por este motivo, no es casualidad que cuando una persona pierde la esperanza e interés por vivir, su sistema inmune se ve enormemente deteriorado[2]. Numerosos doctores reconocen la enorme importancia que tiene la voluntad y espíritu en la batalla contra el cáncer. Así, se podrían seguir mencionado más ejemplos, pero todos conllevarían al gran peso de las ideas, creencias o narrativas humanas. A lo cual, sería lógico concluir que dicho valor podría encontrarse asimismo con la felicidad y fe. Si convincentemente se cree que persiguiendo y viviendo acorde a un determinado fin, estilo de vida, ideología, religión o logro, se conseguirá la felicidad, salud, trascendencia, tranquilidad o satisfacción, entonces es probable que así sea. En otras palabras, la felicidad vendría a ser un placebo en sí misma: una profecía autocumplida. Inconscientemente Albert Camus y Viktor Frankl[3], con sus propuestas, corroboran y sustentan la argumentación previamente presentada en este ensayo. El filósofo y psiquiatra, respectivamente, reconocieron que no tiene sentido el preguntarse si la vida tiene sentido. Albert Camus plantea que la vida es absurda y no tiene un sentido intrínseco, pero merece ser vivida y uno mismo debe construir dicho propósito. Viktor Frankl plantea que uno no debe preguntarse qué hay que esperar de la vida, sino qué es lo que la vida espera de uno, y que el sentido está en demostrarlo con las acciones. Sin embargo, Frankl comprendía que aquellos de sus compañeros del campo de concentración que abandonaban la fe y esperanza eran más propensos a las enfermedades, ocasionando que su mortalidad se disparara. ¿No son acaso tales conclusiones y hechos los más evidentes efectos placebo y nocebo? Asimismo, no es coincidencia el hecho de que, dentro del programa de los 12 pasos en alcohólicos anónimos, uno de esos pasos sea el de entregarse a un poder superior. Hay una mayor probabilidad de superar la adicción si el alcohólico decide dejar de confiar únicamente en su voluntad y así depositar su fe o control de su vida en algo superior a éste. Nuevamente, es evidente la conclusión de que, parece no importar en qué se crea, siempre y cuando se crea con convicción en algo. En otras palabras, ¿quién tiene razón sobre cuál es la manera correcta de vivir o el propósito que ha de direccionar dicha vida? ¿Los griegos, budistas, cristianos, musulmanes, babilonios, aztecas o egipcios? Parece ser que, no importa a qué dios, premio nobel, familiar, artista, filósofo, modelo político/económico o paisaje se admire; siempre y cuando haya una narrativa, creencia e idea que guíe a la voluntad, razón y corazón, será suficiente. Hecho que Nietzsche también reconoció cuando dijo: “Quien tenga un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.

Desde otro punto de vista, si uno tiene una familia, entiende que vive por y para ésta. Por otra parte, también está aquella subjetividad que valora la trascendencia, siente la necesidad de dejar un legado, dedicar su vida a la espiritualidad o vivir altruistamente. Así como también está el espíritu contemplativo: percibe una belleza intrínseca en la naturaleza y seres que lo rodean, a lo que responde con un obrar a fin de contribuir y preservar tal belleza. No obstante, todo lo anterior mente mencionado haya su sentido o valor en la trascendencia, y ésta a su vez en la muerte o inexistencia. El amor y preocupación por la familia y nuestro grupo cercano es una característica evolutiva imprescindible; pues aquel que no sienta amor, no se preocupará por el bienestar de su descendencia o grupo cercano. Trascendencia que se ve reflejada en la idea de que los hijos son lo mejor que uno puede crear, y es el mejor legado que puede dejar al mundo; es un intento por luchar contra la muerte y el olvido. El ser perecerá, pero puesto que, los hijos llevan parte del dicho ser, allá a donde vayan, también se mantendrá esa parte. Ya que, como se ha establecido, somos el resultado de nuestra ascendencia biológica y cultural.  Así como muchas de las experiencias que vayan moldeando al ser en el transcurso de la vida. Siguiendo con este razonamiento, es como la trascendencia de nuestro legado, (ya sean hijos, familiares, amigos o contribuciones a la sociedad) nos dota de una felicidad, pues es una manera de lidiar ante la duda y posibilidad de la nada absoluta. Ante la angustia de la muerte y la inexistencia, la consciencia se engaña y reconforta a sí misma al crear una ilusión, un placebo. Tal argumento se ve reforzado al considerar lo que dijo Byung-Chul Han[4]:

“La negación de lo distinto, aquello que no es el yo, en cierto modo hace que este crezca y que se incremente su sensación de poder. El incremento de poder y del yo se experimenta entonces como una disminución de la muerte. Así es que el anhelo de poder se puede interpretar como una re-acción a la muerte. El incremento de capital se identifica con la creciente capacidad de vivir”

 Lo que en otras palabras se puede entender que la conquista del otro es un refuerzo al ego, al vencer otros humanos e ir adquiriendo progresivamente poder y estatus fortalecemos el ego, al buscar escalar la jerarquía social se piensa que eso otorgará más vitalidad y así se burlará a la muerte. Para que, finalmente, conquistadores, emperadores, ególatras y megalómanos lleguen a la conclusión en su lecho de muerte que todo fue en vano, pues es inevitable el ir sin nada a la nada.

En cambio, una consciencia en religiosa, espiritualista, adoctrinada, o quizá asustada, no encontrará aceptable tal afirmación. Debido a que, ante la angustia de la nada, es probable que dicha consciencia intente argumentar, falazmente, el que no es posible estar completamente seguro de que hay no nada; ya que, el individuo no se encuentra o no puede acceder aún a tal dimensión e información. Pero ¿por qué tendría que haber algo en lugar de nada? ¿Y cómo sería posible que nuestra consciencia se mantenga intacta en ese algo? Nuestra consciencia al ser un fenómeno emergente neuronal no podría acceder a dicha dimensión, debido a su limitación biológica. De existir otra dimensión ¿Sería verosímil pensar que nuestra consciencia podría acceder a ella? Nuevamente, de existir una dimensión trascendental al alma o consciencia ¿Quién tendría razón sobre ésta? ¿Los budistas, cristianos, musulmanes, griegos, nórdicos o aztecas (por mencionar algunos)? Ante esto, ¿No sería más verosímil o probable el que nuestra psique haga un intento por dar una respuesta o evadir el tema? La psiquiatría ha sido testigo de que, ante un trauma, la mente del individuo es capaz de distorsionar recuerdos, interpretar de manera incorrecta los hechos, todo con el fin de forzarse a creer en una realidad subjetiva o dejar de creer en ella. En otras palabras, la consciencia se engaña a sí misma al ajustar la narrativa subjetiva para evitar el trauma y volver la vida más llevadera[5].

Finalmente, uno podría concebir que no todo el mundo o culturas de la historia se han preguntado todo el tiempo por el sentido o fin de la vida, sencillamente es algo que se experimenta y manifiesta al vivir correcta y honradamente (conclusión de Tolstoi); y que la felicidad es algo placentero pero secundario, algo residual del buen vivir. Ante tal razonamiento o conducta es lógico concluir que es una resignación en sí misma o negación de la racionalidad. Ya que, se acepta el sinsentido de nuestra efímera estancia en la existencia y, al reconocer nuestras necesidades biológicas y sociales, se opta por vivir de la manera más placentera e indoloramente posible hasta que llegue lo inevitable. O, por otro lado, si uno consciente o inconscientemente renuncia a la racionalidad, cede entonces a la irracionalidad. Es decir, La sensación de paz, serenidad, amor, alegría, placer, orgullo y trascendencia lograda a través de una vida recta, se convierten en una razón en sí misma. En otras palabras. el motor de la voluntad y narrativa personal hallan su camino mediante la subjetividad individual. Este accionar implica que el individuo, inconscientemente, acepta su animalidad y cede ante sus necesidades y fundamentos de su psicología evolutiva y social. Con su accionar, invalida e ignora la pregunta del sentido. Se llega así a la conclusión de que, la cuestión de si la vida tiene sentido es una contradicción en sí misma, debido que se busca racionalidad en donde no la hay. Se puede ilustrar mejor este razonamiento al considerar el hedonismo. Cuyo dogma consiste en que el fin de la vida está en disfrutarla al maximizar la cantidad de placer en ésta. Esta situación se puede observar al reflexionar sobre la modernidad. Nos encontramos excesivamente estimulados y entretenidos. Es difícil llegar a sentir una voluntad de sentido o vacío existencial, ya que todo el tiempo se encuentra la mente ocupada en banalidades y placeres efímeros. Al ensimismarse en el placer, se huye de la realidad, o ésta se vuelve más llevadera. Pero ¿es realmente diferente el placer o bienestar a largo plazo? Se sabe que es más sana y consistente la serotonina (hormona causante del bienestar duradero) antes que la dopamina (hormona del placer instantáneo y efímero). Pero ¿al final, no cumplen una tarea similar? Es decir, se sigue optando por un bienestar más controlable, duradero, sano y eficiente, pero finalmente sigue siendo una manera de (consciente o inconscientemente) aceptar la resignación previamente mencionada.

Toda la argumentación anteriormente establecida podría llevar a uno a pensar que: entonces el sentido de la vida o felicidad está en aquello que vuelva nuestra experiencia en la existencia más placentera, menos dolorosa, más llevadera y preferible. Sin embargo, uno se encuentra con la tarea de establecer y definir qué es el vivir de manera correcta y honrada, en dónde reside lo bello y lo feo. Para lo cual, inevitablemente se ha de basar en un sistema de valores, y un bagaje cultural y biológico. Pues se ha evidenciado que aquello está estrechamente relacionado con la cultura, lo que a su vez está fundamentada en un conjunto de narrativas. Es decir, se llega nuevamente a la conclusión de que: la búsqueda de la felicidad es efectiva al ser un placebo ilusorio, o porque es retroalimentada gracias a unas hormonas vinculadas a nuestro origen evolutivo. Ya sea que se la busque de manera racional (ilusión) o de manera irracional (hedonista), es válido el cuestionar el dogma de que toda forma de vida debe estar alineada a dicho camino.

 Ahora bien, cabría preguntarse si es coherente el cuestionar una ilusión que nos hace seguir adelante y soportar cualquier situación, volviendo así la vida preferible. Independientemente del significado o idea que se la atribuya a la felicidad, termina convirtiéndose en motor para la voluntad. Termina moldeando la cultura y haciendo posible la cooperación. Nos consuela mediante un eficaz placebo ante la muerte, inexistencia y sinsentido. Bajo una perspectiva utilitarista, es un fin en sí mismo, pues es enormemente beneficioso, y hasta cierto punto necesario. Pero bajo un punto de vista absolutista u objetivo, no halla más valor o cabida fuera de la consciencia de una especie animal. Es decir, es difícilmente trascendental o universal excluyéndose de nuestra vida.

Pese a que, se han cuestionado y analizado los diferentes aspectos de la vida. Este ensayo no pretende ser una guía de vida, (ya han existido y existen muchas otras que pretenden serlo). Cabe recalcar que, en un principio, la intención era terminar el ensayo en el anterior párrafo. Para que esa posible sensación de confusión o vacío tras leerlo motive a la reflexión. A su vez, demostrar implícitamente nuestro cableado psicológico de necesitar un orden narrativo. Aunque sean prácticas, no todo debe seguir el mismo principio de una historia. No necesariamente se debe incluir una moraleja o fin. La sensación de: “Toda esta información y texto, ¿pero para qué?” se puede interpretar como otro punto a favor del argumento narrativo que se ha venido tratando. El pensamiento de: “¿y ahora qué? puede también ser el principio de algo fascinante. Establecido esto, cabe recalcar que el dudar de todo puede ser constructivo a la vez. El ser consciente de la ilusión invita a intentar encontrar o construir algo que no se perciba así. En ello radica la autenticidad, al realizar el esfuerzo por seguir la máxima del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”. Haciendo referencia a que la mayoría de las personas durante algún tiempo de sus vidas suelen ignorarse a sí mismas. En el esfuerzo de ser consciente de nuestra constitución biológica, social y experimental de la vida, uno puede comprender la dialéctica intrapersonal y cómo ésta podría entrar en conflicto o disonancia con una externa. Comprender dicha interacción y efecto en nuestra vida, puede otorgarnos un mayor control consciente de lo que nosotros esperemos de ésta. Por tal motivo se considera el adecuado concluir con una cita de Dostoievski:

“El que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni entorno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y placeres más bajos. Llega a la bestialidad en sus vicios. Y todo ello procede de mentirse continuamente a sí mismo y los demás.”



[1] Proveniente de la estadística e ingeniería, hace referencia a que: si hay la probabilidad de que algo ocurra, tras el suficiente número de intentos, ocurrirá. 

[2] Fenómeno que se ha evidenciado en los campos de concentración.

[3] Fue un brillante psiquiatra y judío superviviente a un campo de concentración. Escribió uno de los libros más importantes del siglo XX: “El hombre en busca de sentido”

[4] Reconocido filósofo surcoreano contemporáneo.

[5] Fenómeno real que supo ilustrar Torcuato Luca de Tena en su novela “Los renglones torcidos de Dios”. 

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